Cada diciembre, cuando las luces trepan por los balcones y las calles empiezan a oler a castañas asadas y chocolate caliente, siento cómo mi corazón vuelve a abrirse por la misma grieta. Intento repetirme que ya no duele, que ya cosí esa herida, aunque la vida siguió sin preguntarme si yo quería seguirla.
Alguna vez escuché decir que el alma se remienda igual que una costurera repara una tela rota: con paciencia, hilo firme y manos cuidadosas por miedo a desgarrarla aún más. Yo he intentado hacer eso conmigo. Puntada a puntada, día a día. Pero cada emoción fuerte tira un poco del hilo. Cada recuerdo mal colocado amenaza con deshilacharme de nuevo, como si mi alma supiera por dónde volver a ceder.
«Gestiona tus emociones», me aconseja mi psicóloga. «Pasa página», dicen mis amigas. Pero yo sé que una tela remendada nunca vuelve a ser la misma: aunque la costura aguante, siempre queda una zona sensible que recuerda dónde estuvo la herida.
Esa tarde caminé sin rumbo por una calle llena de escaparates. Una llovizna fina empezaba a empapar mi abrigo; las guirnaldas titilaban, reflejándose en el pavimento húmedo. Escuché risas, villancicos, el perfume dulzón que escapaba cada vez que se abría la puerta de una tienda de moda... y aun así me sentía lejos de todo, como si observara el mundo desde detrás de un cristal empañado. El entusiasmo de la gente no lograba contagiarme.
Cuando llegué a la plaza, me senté frente al abeto iluminado. Sus luces parpadeaban como pequeños latidos cálidos en mitad de la oscuridad. El frío suave me rozaba la cara, pero agradecí esa punzada: era real, me mantenía presente. Mi soledad, en cambio, era como un remiendo mal hecho, una incomodidad persistente que me acompañaba aunque intentara ignorarla.
Mientras dejaba que la luz cálida del abeto me envolviera, me di cuenta de algo doloroso: he vivido con miedo a que mi costura vuelva a abrirse. Miedo a un nuevo amor, miedo a una nueva historia, miedo incluso a sentir ilusión por algo que pudiera deshilacharme otra vez. Ese miedo me ha mantenido quieta, casi inmóvil, como una tela guardada en un cajón para que nadie la toque: protegida, sí... pero sin vida.
Busqué calor en los bolsillos y mis dedos rozaron los guantes que aún conservo de él, más por lo que pesan por dentro que por lo que abrigan en invierno. Al sacar uno, vi un hilo suelto en la costura del dedo corazón. Qué ironía, pensé. Por instinto quise arrancarlo, pero me detuve: sabía que, si lo hacía, podría abrirse una rotura mayor. Lo sostuve un momento entre las manos, sintiendo su fragilidad, su resistencia imperfecta.
Entonces lo entendí: así era yo. Frágil, sí, pero aún entera. Y por primera vez en mucho tiempo, supe que podía sostenerme. Reconocí que no era mi costura lo que temía que se rompiera, sino mi capacidad de volver a coser.
Y esa noche, bajo el cielo brillante, comprendí que la fuerza nunca estuvo en la costura... sino en las manos que cosían.

