De pie frente a la ventana del salón, seguía con la mirada el descenso de las gotas por el cristal. Afuera, la lluvia se encargaba de difuminar el paisaje. El sonido constante y monótono del agua, tan solo interrumpido por algún trueno inesperado, me ensimismó hasta llevarme de nuevo a uno de los días más difíciles de mi vida; aquel en que las palabras de mi abuela, al fin, cobraron sentido. Ella siempre decía que las lágrimas no se quedan demasiado tiempo; vienen a limpiar, como la lluvia, y luego siguen su camino.

Ese día, la tarde estaba gris. El aire que se colaba por el ventanal de la cocina olía al perfume inconfundible de tierra mojada, preludio de una tormenta. Él me hablaba con la misma pasión que tantas veces me había hecho sentir viva, pero que ahora me pesaba como una losa. En su voz había una mezcla de reproche y súplica.

—No entiendo qué ha cambiado — dijo, clavando los ojos en los míos—. Si me amas, ¿por qué quieres alejarte?

El peso de su tristeza me hizo desviar la mirada.

—Eres demasiado intenso — murmuré—. Me ahogo. —Quiero todo contigo. ¡Luchemos! —No me quedan fuerzas. Lo intentamos y no funcionó.

Lo amaba, pero cada vez que la fuerza de su mundo chocaba con el mío, algo en mí se quebraba un poco más. Demasiadas noches en vela, la ansiedad cerrándome el pecho y los temblores solo calmados con pastillas se habían vuelto parte de nuestra historia.

—No es por falta de amor —dije al fin, con la voz hecha un hilo. Sus ojos se abrieron, húmedos, como si no comprendiera. —Entonces, ¿por qué? —susurró. —Porque me estoy perdiendo a mí misma.

En ese instante, la tormenta estalló. Por un segundo, el mundo se redujo al tenaz repiqueteo del agua. Cogí el bolso y, al salir de casa, una gota fría caída del alero del tejado se deslizó por mi mejilla, confundiéndose con las lágrimas que empezaban a brotar. El viento me revolvió el pelo y la ropa, fría y empapada, se me pegó a la piel, grabando aquel recuerdo.

Lo amaba, sí, pero más necesitaba respirar y recuperar el control de mi vida.

Esa noche lloré como nunca, hasta sentir los ojos arder. Lloré por lo que fuimos, por lo que soñé que seríamos, por lo que no sabría ser sin él. Y al día siguiente también. De hecho, las lágrimas me acompañaron durante semanas, apareciendo en los rincones más inesperados: en el traqueteo del metro, en el vapor de la ducha, en el aroma del café por las mañanas.

Pero poco a poco hicieron su trabajo: despejaron la niebla de mi cabeza y el dolor en mi pecho, arrastraron el sentimiento de culpa y dejaron espacio para mí.

Hoy, de nuevo, oigo la lluvia deslizarse por el cristal y, aunque el corazón sigue afligido, ya no siento esa opresión que me ahogaba, pues sé que, igual que la tormenta, este dolor también pasará.

Porque las lágrimas ya se fueron. Como predijo mi abuela, hicieron lo que tenían que hacer y, después, siguieron su camino.

Yolanda M.Tots els articles de Yolanda M. →