Cada mañana, la estación despertaba bajo una inmensa bóveda de hierro y cristal que el tiempo había ido oscureciendo. La luz del amanecer, al filtrarse, hacía brillar el óxido de los remaches de la vieja estructura. El silbido de la locomotora rompía el silencio y el vapor se mezclaba con el olor del carbón y del café recién hecho.

El revisor alisó su casaca azul marino, ajustó la gorra y comprobó el reloj de bolsillo que llevaba sujeto con una cadena plateada. Alzó la mirada hacia las vías y las siguió hasta el horizonte, donde parecían perderse.

A diario recorría los vagones, pedía los billetes a los pasajeros y observaba cómo unos rostros daban paso a otros nuevos, hasta que dejó de distinguir cuándo terminaba un día y empezaba el siguiente. Ya no le inquietaba. Había acabado confundiendo la costumbre con la tranquilidad.

Había visto partir miles de vidas: despedidas entre lágrimas, abrazos que prometían un reencuentro, viajeros ilusionados por un nuevo comienzo y otros que volvían con la decepción reflejada en la mirada. Sin embargo, mientras acompañaba los viajes de todos los demás, nunca había emprendido el suyo propio.

A veces imaginaba cómo sería arriesgarse. Bajar en una estación cualquiera, sin uniforme, sin horarios y sin un billete que revisar. Pero enseguida apartaba el pensamiento. Siempre encontraba una excusa para posponerlo: ya habría otro momento, otra ocasión, otro día.

Y así fueron pasando los años.

Una tarde, con el tren a punto de partir, atravesó un vagón donde un niño coloreaba, muy concentrado, el dibujo de un tren. —¡Mecachis! Un pequeño trazo azul se le había escapado de la línea. Su madre sonrió. El niño alzó la mirada con el ceño fruncido. —¿Es que tú no te sales nunca de la línea? —No te preocupes, cariño. Salirse un poco de la línea no estropea el dibujo —respondió la madre con dulzura. El revisor siguió caminando unos pasos, por inercia, hasta que se detuvo. Hacía tanto que procuraba no salirse de ninguna línea que había olvidado cómo era hacerlo. Toda una vida indicando a los demás dónde bajarse, qué enlace tomar o cuánto faltaba para llegar a su destino y, sin embargo, ni una sola vez se había preguntado cuál era el suyo propio. Llevaba demasiado tiempo esperando el momento adecuado. Acarició el reloj de bolsillo. El tiempo nunca le había preguntado si estaba preparado para empezar a vivir de otra manera. Simplemente avanzaba, mientras él permanecía inmóvil, convencido de que ya llegaría el momento perfecto. Se quitó la gorra, la dejó en el perchero de su pequeño compartimento y caminó hasta el último vagón. Allí se dejó caer en uno de los asientos junto a la ventana. En el instante en que la locomotora silbó y el tren inició la marcha, comprendió que no hacía falta conocer el destino para emprender su viaje. Lo único imprescindible era dejar de esperar.

Yolanda M.Tots els articles de Yolanda M. →