¿Habéis tenido alguna vez la sensación de que algo malo está a punto de ocurrir? No hablo de miedo, sino de la extraña sensación de que algo os acecha, como si el aire alrededor supiera lo que vosotros todavía no sabéis. A mí empezó a ocurrirme hace unas semanas, con un sueño. Siempre el mismo. En la oscuridad más absoluta, tenía la certeza de que alguien se acercaba a mí. Entonces los escuchaba. Eran pasos lentos, arrastrados, como si avanzaran por un pasillo interminable. Nunca conseguía ver nada, porque justo antes de que aquello me alcanzara, despertaba sobresaltada, con la sensación gélida de su aliento sobre mi cara. Al principio intenté convencerme de que no significaba nada. Estrés. Cansancio. Sugestión. Pero ciertas ideas, cuando uno las alimenta lo suficiente, terminan echando raíces. Me fijé en pequeñas cosas: un pájaro muerto en la acera, al que el calor empezaba a endurecerle el cuerpo; el teléfono que sonaba una sola vez y, al mirar la pantalla, no había llamada perdida.

Coincidencias, supongo. Aquella tarde salí a caminar, por despejarme. Para ser mayo, el calor ya era sofocante. La ciudad entera parecía detenida bajo un sol deslumbrante. Y entonces miré al cielo. La visión me transportó a esas escenas de los documentales del desierto donde los buitres sobrevuelan pacientemente a algún animal herido. Esperando su muerte. Sentí un escalofrío. Desde entonces, no dejaba de mirar hacia arriba, como si esperara mi propio destino, y aunque no veía nada, la sensación seguía allí, suspendida sobre mí como una sombra. Me pregunté si mi mente me estaba jugando una mala pasada... o si eso era lo que uno sentía justo antes de una desgracia. Regresé a casa agotada. Al entrar en el apartamento me dejé caer sobre el sofá y permanecí un rato mirando el techo, escuchando el zumbido lejano de la ciudad al otro lado de las ventanas. Me sentí estúpida. Allí estaba yo, una mujer adulta, permitiendo que un sueño absurdo y un par de coincidencias acabaran convirtiendo el día entero en una especie de presagio enfermizo.

Nada iba a pasar. No había buitres sobrevolando mi vida. No había ninguna muerte aguardando pacientemente el momento de caer sobre mí. Solo estaba cansada. Poco a poco me fui relajando y me quedé dormida. Hasta que el sonido metálico del ascensor deteniéndose en mi planta me despertó. Luego las puertas abriéndo-se y los pasos. Lentos. Arrastrados. Se me heló el cuerpo entero. Los pasos avanzaron por el rellano hasta detenerse justo frente a mi puerta. Contuve la respiración, presagiando lo peor. Y entonces escuché una voz al otro lado: -Despacio, mamá... ya hemos llegado. Era mi vecina ayudando a entrar a su anciana madre. Después sonaron unas llaves y el golpe seco de su puerta cerrándose tras ellas. Respiré aliviada. El silencio regresó al rellano. Pero no a mi casa. Detrás de mí, por el pasillo, los escuché de nuevo. Lentos. Arrastrados. Eran mis propios pasos.

Yolanda M.Tots els articles de Yolanda M. →